“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Esa fue la respuesta de Jesús cuando los fariseos le preguntaron si el pueblo judío debía o no pagar tributos al Imperio Romano. Con ello, fijó los parámetros del principio de separación entre Iglesia y Estado.
Veinte siglos después, a nuestro Presidente Rafael Correa le ha fastidiado que el popular monseñor Gregorio López Marañón, luego de 40 años al frente del vicariato de Sucumbíos, haya sido reemplazado por monseñor Rafael Ibarguren, miembro de los Heraldos del Evangelio.
Haciendo eco de un aparente rechazo popular por la salida de monseñor López, el Presidente amenazó con objetar el nombramiento de Ibarguren en base al tratado Modus Vivendi, celebrado en 1937 con el paradójico fin de suavizar la tensión entre autoridades religiosas y civiles. El impacto llegó al Vaticano. El Papa Benedicto XVI nombró al obispo de Guaranda, Ángel Sánchez, como delegado pontificio de Sucumbíos ante el Gobierno, sin alterar el nombramiento de Ibarguren, quien también recibió su cuota de apoyo en las calles. Suponemos que con ello el Vaticano quiso calmar las aguas.


