Todos vimos aquel día
el juicio del Presidente
contra el villano periódico
y el periodista demente,
acusados de decir
calumnias de disidentes.
Hay malos de lado y lado
—¡cuán pocos son buena gente!—;
por eso tan importante
era un juez independiente.
Llegó, a última hora,
el sabiondo juez Paredes,
el veloz sentenciador,
el sagaz jurisprudente:
pagar cuarenta Restrepos
fue su dictamen alegre.







